Existe un estado en el cual uno se siente rendido ante el
mundo, sin embargo no es esa sensación negativa de rendirse, es ese “dejar ir”
y aferrarse a lo que no se irá.
No, no es rendirse, es aceptar y ser feliz con lo poco,
suficiente o mucho que tengas. Así me siento.
Este lugar, este lugar de idas y venidas… veo a mí alrededor
y solo veo historias y sentimientos concentrados… Mas me veo a mi y veo
cotidianidad, rutina. Me siento casi como en mi habitación, en algo tan típico
como escribir cómo me siento. Recibiendo noticias devastadoras tal como lo
haría en casa.
Y mis pensamientos son los mismos que en cualquier lado,
nubes de pensamientos confusos, atisbos de ataques de ira y unas cuantas y
limitadas lágrimas concentradas en mi mirada.
Todo como siempre, nada fuera de lo normal.
Nada fuera de lo normal.
Y esta situación que antes me mataba, esta sensación que
antes destruía mi mundo… se siente más familiar que cualquier otra cosa.
Devastadoramente acogedora.
Mil cosas malas, un par de cosas buenas y a esas pequeñas
maravillas me aferro… no importa qué tan insignificantes puedan ser, para mi
son felicidad y para mí eso es el mundo entero, eso es vida pura;
Mundo y vida eso jamás será insignificante.
Esto parece tener más sentido ahora del que tuvo hace un año y medio atrás.