me cuesta pensar, me cuesta leer, me cuesta escuchar, me cuesta hablar,
me cuesta moverme, escribir, todo me cuesta.
Me duelen los dientes constantemente... siempre están apretados, mi estomago también.
No logro sacar el olor a cigarrillo húmedo de mi cuarto.
Las ojeras me pesan, el cuerpo me pesa, la mente me pesa, la vida entera me pesa en los hombros.
Me duele la espalda.
Últimamente no sé que hacer, literalmente no sé que hacer con respecto a nada.
No sé si quiero,
no sé si no quiero.
Si no quiero al día siguiente quiero.
Y si quiero, al día siguiente... ya no más.
Me faltan las ganas, las sonrisas, los ánimos, las motivaciones.
¿Dónde están? Están, ¿o se fueron por siempre?
Me sobran las lágrimas, los ahogos, la desesperanza, los dolores, las molestias.
Todo me molesta, todo me sobra. Todo es incómodo.
Estoy harta de casi todo, o mucho del todo. Casi todo me harta.
Me sobrepasa, me derrama, me marea, me levanta, me suelta, me golpea, juega.
Me tiro, me ahogo, me torturo, me sofoco, me ...
No sé.
Nadie quiere escuchar, nadie quiere ver, nadie quiere aceptar, nadie entiende.
Yo no escucho, yo no veo, yo no acepto, yo no entiendo.
Y lo admito, quizás por esto estoy tan perdida.
No debería admitir tan rápido la desgracia tortuosa que es la vida.
Pero lo hago.
Pero debería admitir que si sigo acá, es solo porque cada vez que pienso en desaparecer, me encierro, me voy, me duermo, me escondo, vuelo a otro mundo, olvido el presente, el pasado y no pienso en el futuro. Creo que lo que intento decir, es que si sigo viva, es porque me mato por minutos, a veces horas, a veces muero días... De todo esto, lo peor no es el nuevo despertar (aunque es bastante tedioso), lo peor es la agonía previa. El sentir como me apago, como caigo, el choque,
El estado catatónico.